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 Artículo de Alfredo Sfeir-Younis, Representante Especial del Banco Mundial frente a las Naciones Unidas y la Organización Mundial de Comercio:

 “Nuestros sistemas económicos, financieros y sociales se sirven del nivel más ordinario de nuestro comportamiento sensorial. Mientras permanezcamos en ese mismo nivel, continuaremos formando parte de la horda de consumidores que vive a merced del desarrollo material y del beneficio económico. Una condición fundamental para cambiar la situación es introducir un sexto sentido en la práctica de la economía sensorial […] aquél que se manifiesta a través de nuestra inteligencia espiritual más profunda, es nuestro sentido de identidad, de dirección, nuestra existencia más sagrada…”

 

Hoy en día, el consumo es lo que marca el desarrollo de la economía.  Mucha gente piensa que el descenso en el consumo provocará el colapso de la economía mundial. Parece imposible que podamos seguir progresando si no aumenta el índice de consumo actual. Este incremento es el objetivo de las empresas y de los líderes de opinión y por ello, están continuamente bombardeando nuestros cinco sentidos,  para que consumamos más y más. Durante el último siglo, hemos pasado de gastar 1 trillón de dólares por año a casi 30 trillones. Imagina. De este aumento, el 20% de las personas más ricas consumen el 86%; mientras que el 20% de las personas más pobres tan sólo consumen un 1,6%. En este contexto, se hace esencial establecer una conexión entre la economía y las finanzas y nuestros cinco sentidos, con el objetivo de lograr desarrollar la economía y seguir progresando.

 

Un joven amigo mío es un próspero empresario chileno. Su compañía vende pescado y derivados del pescado a países desarrollados, especialmente en Europa, Asia y Norte América. Cuando me explicó el éxito de su negocio, destacó que la clave para obtener un verdadero beneficio estaba en lograr producir un tipo de salmón que resultara apetecible para los consumidores de estos países ricos. Todo esto, para mí, suena demasiado concreto y racional.

 

En mi mundo, que es mucho más simplista, siempre había pensado que un pescado es solamente un pescado, y que aquello que nos da la naturaleza, debemos recibirlo tal cual nos venga.

 

Pero en el sistema económico actual, estamos muy lejos de la manera de funcionar que tiene la Madre Tierra. Los expertos en producción de alimentos saben que la mayoría de códigos y regulaciones que guían la industria están más influenciados por la apariencia de los alimentos que por aquello que es natural y seguro para el consumidor.

 

De ahí que la demanda de los consumidores vaya dirigida hacia un salmón de diferente tamaño, forma y color. En Asia, los clientes prefieren un pescado grande que presente un intenso color rosado. En América, los restaurantes solicitan pescados del tamaño de un plato, con un color bien apetitoso. Para mi sorpresa, hoy en día, los proveedores de pescado son capaces de producir aquello que los consumidores demanden. Sin embargo, se necesitan dos años antes de poder satisfacer la orden de un cliente, ya que se debe alimentar a los peces con una fórmula especial de nutrientes y colorantes químicos. Asimismo, se adopta un proceso de producción único, que controla el crecimiento del pez en cautividad, con la finalidad de obtener la cantidad apropiada de grasa, proteína y otras sustancias de su carne.

 

En conclusión, que son capaces de “producir” un pescado que cumple al detalle las expectativas del consumidor en lo que se refiere a sabor, olor, apariencia y textura. Al final, todo acaba siendo hecho a medida para satisfacer nuestras necesidades sensoriales. Es decir, somos testigos de un proceso económico basado prácticamente en nuestra satisfacción sensorial.

 

Otro ejemplo que demuestra como se obtienen ganancias a partir de la sublimación estratégica de nuestra capacidad sensorial es la publicidad de cigarrillos. Tanto los productores como los consumidores saben perfectamente que fumar provoca cáncer. Y también saben que nadie haría dinero si los anuncios dijeran algo así como “Consume tabaco, enferma de cáncer”. Esta idea atentaría contra los fundamentos del marketing y del beneficio económico. Por eso, siguen utilizando las más bellas y poderosas fórmulas sensoriales para anunciarnos el tabaco. Algunas marcas se sirven de personajes de dibujos animados, divertidos y juguetones, para hacernos reír y lograr atraernos hacia los cigarrillos. Otras, deciden acercarse a nosotros desde niveles más sutiles, manipulando nuestro sentido de autoconfianza, de identidad, el machismo, la feminidad sensual o el deseo de convertirnos en otra persona (como ocurre en los anuncios que utilizan a famosos actores o modelos). Esta es la publicidad sensorial en su expresión más efectiva.

 

Finalmente, todos somos conscientes de la explotación de nuestras necesidades sexuales y percepciones que el mundo económico y financiero está llevando a cabo. Tan sólo hay que echar una ojeada a los anuncios de ropa. Para atraer a los consumidores, utilizan chicos y chicas semi desnudos. El sexo se ha convertido en una poderosa puerta que da entrada a muchas actividades económicas.

 

Está claro que la mayoría de formas de publicidad dirigidas a los consumidores se diseñan con el objetivo de estimular nuestros sentidos. ¿Hay algo de malo en ello? Bueno, depende.

 Nuestros hijos están siendo “entrenados” para convertirse en los consumidores del futuro. Están abriendo sus sentidos para que tengan, hagan y sepan. Y de esta manera, se están convirtiendo en objetos de valores equivocados, basados en la explotación de los cinco sentidos. No hay duda que los medios de comunicación y las fábricas de juguetes son responsables de ello en cierta medida.

 

El problema es que esta forma de evolución invade y penetra a gran velocidad en nuestras sociedades de países desarrollados. En el juego de los números, es esencial conquistar nuevos mercados. Y la economía sensorial ya figura en el centro del proceso. También, se están realizando grandes esfuerzos para manipular los aspectos sensoriales de la población de los países más pobres. La finalidad es que pasen a formar parte de la base de consumo masivo que se necesita para hacer sostenible el sistema actual.

 

Pero, ¿incrementar el consumo es lo que permitirá sostener el sistema? ¿es ésta la verdadera fuente para la sostenibilidad económica y social? ¿puede la producción actual, el consumo y los patrones de marca conducir el planeta hacia una buena dirección? Y, más específicamente, ¿nos estamos dirigiendo hacia una mayor transformación humana, hacia la estabilidad social, la seguridad, la paz y la justicia? Si juzgamos a partir de los datos de desarrollo actuales, parece que no estamos avanzando en el buen sentido. Observa las cifras planetarias sobre pobreza, degradación del medio ambiente, discriminación por sexo y edad, destrucción de culturas y demás. Es obvio que necesitamos cambiar de dirección.

 

¿Es culpa de nuestros sentidos? ¿Debemos reprimirlos? ¿Dónde debemos enfocarnos para movernos en la buena dirección? Todavía no existe una receta rápida, pero dejad que comparta con vosotros algunos pensamientos.

 

Primero de todo, dejemos de guiarnos por lo que observamos a nivel superficial y empecemos a confiar en la inteligencia de nuestra visión más profunda. Debemos desarrollar esta inteligencia interior hasta llegar al núcleo central formado por los cinco sentidos.

 

Segundo, seamos conscientes de la cantidad de filtros que se han adherido a nuestra existencia, como si fuera necesario mirar al mundo a través de ellos. Uno de los más conocidos es el que nos hace ver lo que es políticamente correcto y lo que no. Otro, también muy al día, es el que nos dice lo que está de moda. Y hay muchos más. Distorsionan los sentidos y limitan el acceso hacia el campo infinito de la pura inteligencia, que existe dentro de la conciencia humana.

 

Tercero, observemos cómo nuestros sistemas económicos, financieros y sociales se sirven del nivel más ordinario de nuestro comportamiento sensorial. Mientras permanezcamos en ese mismo nivel, continuaremos formando parte de la horda de consumidores que vive a merced del desarrollo material y del beneficio económico.

 

Una condición fundamental para cambiar la situación es introducir un sexto sentido en la práctica de la economía sensorial.

 El sexto sentido es aquél que se manifiesta a través de nuestra inteligencia espiritual más profunda, es nuestro sentido de identidad, de dirección, nuestra existencia más sagrada. Es también la polaridad que va más allá del tener, del hacer y del saber. El sexto sentido nos mueve hacia el ser, el ser de nuestra inteligencia central, el ser de nuestra forma de existencia más esencial. El sexto sentido expandirá nuestra inteligencia espiritual, una inteligencia que es simple, exacta y que se basa en nuestra realidad como seres humanos, en nuestra individualidad y colectividad.

 

Es muy importante darse cuenta de que todo lo que experimentamos a través de nuestros sentidos – oír, oler, tocar, saborear y ver – constituye esencialmente los distintos estados del ser. Estos estados se manifiestan siempre de forma material o espiritual. Son estados de nuestra realidad interna que expresan tanto la cantidad como la cualidad de nuestra existencia humana de cada día.

 

Estos estados del ser no son casuales. Responden a una única dimensión, a una normativa, a unas leyes y unos instrumentos que resulta importante subrayar.  Son universales, ilimitados y nos ofrecen infinitas posibilidades. Son inclusivos – nadie está excluido, son para todo y para todos. Son absolutos – cada una está en relación consigo mismo y no en relación a otra cosa o a otra persona. No juzgan, no están sujetos a valores ni juicios de ningún tipo. Son trascendentales, más allá de los límites, más allá de los apegos. Evolucionan, existen en relación a la ley natural. Son colectivos y van más allá del individuo.

 

Debemos aumentar nuestra conciencia en relación a todas estas dimensiones. Debemos fortalecerlos para poder sacar a relucir este sexto sentido que tanto necesitamos para cambiar la dirección de la humanidad. Algunos consumidores y productores ya se están moviendo en este sentido. Los mercados están reaccionando hacia las empresas “responsables”, las cuales se están convirtiendo en un ejemplo de funcionamiento económico mediante sus políticas de preservación del medio ambiente y de detención de la violación de los derechos humanos. También, existen distintas iniciativas sociales que se están erigiendo como pilares centrales en el desarrollo de una nueva manera de hacer negocios, que, a su vez, sigue produciendo beneficios. El enfoque moral y la ética de las económicas indica que hay mucha gente cultivando el sexto sentido.

El sexto sentido, nuestra inteligencia espiritual, debe marcar el cambio de dirección en el proceso de transformación humana y definir los puntos de referencia en relación a la calidad de nuestras vidas. El ser humano sensorial no puede seguir basando su percepción en aquello que los sentidos captan superficialmente. En su lugar, debe utilizar la inteligencia interior, más allá de los filtros impuestos por quiénes valoran y creen en sistemas que resultan siendo fatales para el destino de la humanidad.

 

Hoy en día, la buena economía sensorial, la economía del sexto sentido, debe basarse en incentivos y herramientas que nos permitan desarrollar el ser espiritual interior.

 

 Alfredo Sfeir-Younis es el Representante Especial del Banco Mundial frente a las Naciones Unidas y la Organización Mundial de Comercio en Ginebra. Este artículo expresa sus opiniones personales que no deben atribuirse al Banco Mundial ni a ninguno de sus afiliados. Todos los errores y omisiones son responsabilidad del autor.

 

Gentileza de HappyYoga

 

 

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