hortsokA pesar de que no suelen aparecer en los periódicos, iniciativas populares como los huertos urbanos o los mercados de intercambio nos recuerdan que otro tipo de ciudad, diferente a la que nos impone la cultura de las prisas, el individualismo, la polución, el cemento y el escaparate turístico-consumista, también es posible. Esa otra cara alternativa en la que priman la convivencia, el altruismo, la sostenibilidad y la autogestión ciudadana, lejos de ser una utopía, existe, y reclama su sitio cada vez con mayor presencia. Por suerte, aún quedan publicaciones críticas y atrevidas, como Carrer (la revista de la Favb), que no se casan con nadie y dan  cabida a este tipo de reportajes, anteponiendo el reflejo de las inquietudes sociales por encima de cualquier otro interés. Lee a continuación “Verduras contra la especulación” y “Jaque al mercantilismo” y aprovecha también para dar tu apoyo al huerto de Gracia.

Huertos urbanos comunitarios

Verduras contra la especulación

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Aprovechar espacios vacíos en respuesta a las maniobras especulativas, rescatar el contacto con la tierra en un mar de cemento y cambiar el individualismo por la  cooperación en nuestro entorno más cercano. Estas son las premisas que, al margen de acotaciones institucionales, han convertido los huertos urbanos comunitarios en un floreciente símbolo de autogestión ciudadana.

El movimiento local de huertos comunitarios más alternativos tiene su referente indiscutible a escasos metros de los edificios de Nou Barris, en la sierra de Collserola. Allí se encuentra Can Masdeu, una antigua leprosería recuperada a finales de 2001 por el colectivo okupa, y que desde entonces, ha resistido las embestidas legales que han pretendido transformar un proyecto que apuesta por el fomento de la sostenibilidad y la autogestión comunitaria, en algo mucho más gris, como sería la cárcel, el zoo o la residencia geriátrica que en algún momento se han planteado. Partiendo de una voluntad inicial por recuperar las antiguas terrazas agrícolas existentes, sus impulsores realizaron una llamada al vecindario para hacerlo partícipe de la iniciativa y se creó así una asamblea organizativa, que estableció un código común cuyos pilares siguen siendo inalterables y compartidos en su mayoría por el resto de iniciativas parecidas: manejo ecológico de la tierra, gestión colectiva, promoción de la convivencia, replanteamiento de hábitos alimentarios y recuperación de una serie de conocimientos y habilidades tradicionales que se estaban perdiendo.

El paso del tiempo ha traducido estas premisas en la recuperación del 90% del terreno cultivable y en una implicación de casi medio centenar de personas en las 34 parcelas hoy existentes. La coordinación del proyecto recae en tres de los habitantes de la masía, que en su día supieron compensar su escaso bagaje en el tema leyendo, preguntando y compartiendo experiencias sin cesar, y que hoy son un ejemplo para otros colectivos a los que no tienen ningún inconveniente en asesorar. En conjunto, están muy satisfechos del camino realizado, de ver cómo el trabajo grupal ha ido ganando en estabilidad y cohesión, y no se muestran demasiado preocupados por el hecho de que algún día se pueda aplicar la sentencia desfavorable que tienen en su haber: “Más que la legalidad, para nosotros es mucho más importante la legitimidad que nos ha llevado a reutilizar un espacio vacío y desaprovechado con vistas a un beneficio comunitario. Pase lo que pase, toda la labor social que llevamos hecha aquí ya no nos la quita nadie”. Una labor que ha sido debidamente reconocida, y con gran apoyo, por la gente del barrio, pues no en vano, la experiencia también ha supuesto para muchos de ellos una transformación importante en sus vidas, al poder cultivar y consumir sus propias verduras y establecer en paralelo un nuevo marco de relaciones.

Sembrando conciencia

Así pues, la gente de Can Masdeu plantó en su día una semilla que desde entonces ha ido germinando por distintos rincones de la ciudad. Uno de los últimos frutos lo hallamos en Gracia, donde se respira más el halo de incierto futuro que suele acompañar a este tipo de proyectos. El solar de la calle Banyoles llevaba cinco años olvidado cuando, no hace mucho, el Observatorio de Gracia -colectivo formado por distintas agrupaciones del barrio- quiso pronunciarse respecto a la problemática que afecta el acceso a la vivienda. Después de barajar distintas posibilidades, hubo consenso en ocupar el lugar con un huerto, consiguiendo rápidamente también la complicidad vecinal. Algo que no extraña si tenemos en cuenta que, lo que en este caso, era antes una bulliciosa casa okupa iba a dar paso ahora a una especie de centro social al aire libre, donde además de sembrar y cultivar, ya se han empezado a realizar un montón de actividades lúdicas complementarias que esperan vivir su eclosión con la llegada del buen tiempo. Eso si antes no lo impide la denuncia que no han tardado en recibir por parte de los propietarios…

A pesar del ejemplo de resistencia que representa Can Masdeu, los chicos de la calle Banyoles aceptan con resignación, pero no sin lúcida reflexión, las muchas posibilidades de desalojo que les otorga el hecho de haberse establecido en un entorno bastante más urbano: “Parece que cuando se ocupa algo, enseguida se despiertan las prisas por recuperar un espacio que antes se tenía totalmente abandonado… Cuesta de entender que, sin quererlo utilizar, no se quiera dejar sacar provecho a los demás”. Mientras tanto, no dudan en vivir con intensidad el momento; una filosofía que les ha hecho plantearse el huerto como un espacio de enriquecimiento colectivo constante. En definitiva, además de compartir, el objetivo lo tienen bien claro: “Más allá de los productos que sembramos, nos gusta contribuir a extender esta recuperación del contacto con la tierra que se está dando”. Cierto es que, en cualquier momento, alguien con más poder puede barrer de un plumazo todo el esfuerzo visible dedicado, pero esto no parece ser impedimento para el avance de un fenómeno que, silenciosamente, va burlando poco a poco el cemento urbano. Can Masdeu, Can Cadena, Gracia, el Forat de la Vergonya… Son ejemplos de que, más allá de modas pasajeras, la semilla de una genuina conciencia verde ha arraigado con fuerza.

“L’Hortet del Forat”

Un caso aparte, la misma esencia compartida

El pequeño huerto del Pou de la Figuera, en el barrio de la Ribera, es un caso aparte, pero a lo largo del último año ha demostrado que combinar la iniciativa popular con el beneplácito municipal también es posible. El largo proceso que acompañó la lucha vecinal en el “Forat de la Vergonya” dio sus frutos con la construcción de una plaza en lugar del parking inicialmente proyectado. Hoy, a pesar de que su diseño no es el que muchos quisieran, el provecho comunitario que se le puede sacar compensa, tal y como se evidencia en el mencionado huerto, que se ha convertido en un animado núcleo de actividad social en el que convergen niños, mayores y colectivos cada vez más diversos aunados por el fomento de la cultura sostenible.

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Mercados de intercambio

Jaque al mercantilismo

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Obtener productos que cubran nuestras necesidades ofreciendo como contrapartida otros que ya no nos hagan servicio, sin dinero de por medio. En tiempos de crisis, la sencillez y el encanto de la filosofía del trueque vive su máxima expresión en los cada vez más populares mercados de intercambio que se organizan periódicamente en los barrios.

Ya hace tiempo que funcionan en silencio, pero a la vista del crudo panorama financiero que nos rodea, su proyección se adivina ilimitada. Desconocidas aún por muchos, las “redes de intercambio” se han ido estableciendo y extendiendo como espontáneas organizaciones de personas que, básicamente, pretenden intercambiar bienes, servicios o conocimientos prescindiendo de la tiranía del dinero, y promoviendo al mismo tiempo principios éticos como la solidaridad, la transparencia, la cooperación y la confianza. Una de las vertientes más visibles y activas dentro de este particular movimiento de alternativa social son los denominados “mercados de intercambio”. Promovidos habitualmente por colectivos vecinales, de forma totalmente voluntaria y más o menos periódica, sus fuentes se remontan a los tradicionales sistemas de trueque de las sociedades primitivas, que se regían por una práctica fórmula de abrumadora simplicidad: “Yo tengo una cosa que tú necesitas y tú tienes otra que yo también necesito”; con el resultado final de un intercambio bilateral que dejaba satisfechas a ambas partes.

Hoy en día, son cada vez más los municipios y núcleos de barrio que se animan a probar suerte con una iniciativa que, dentro de Cataluña, tiene su referente indiscutible en la Feria de Intercambio de Mieres, en la Garrotxa, la cual se inició a mediados de los ochenta y, desde entonces, cada mes de noviembre, no ha dejado de crecer e inspirar nuevas tentativas. Precisamente, una de sus alumnas aventajadas, la Red de Intercambio de Gracia -“Xaingra”-, ha sido la principal responsable a la hora de extender el fenómeno por Barcelona y alrededores. Después de quedar cautivados por la experiencia de Mieres, un grupo de gente del graciense Ateneu Rosa de Foc se decidió a impulsar el verano de 2003 el primer Mercado de Intercambio de Gracia, que obtuvo un notable éxito de asistencia y participación, y animó a sus promotores a repetirlo regularmente cuatro veces al año, en la plaza de la Virreina, coincidiendo con los cambios de estación. Y edición tras edición, los buenos augurios se han consolidado tanto, que el espacio ya hace un tiempo que ha empezado a quedarse pequeño.

Hacia una alternativa real

Ahora bien, detrás de la indiscutible naturaleza comunitaria y festiva de estos acontecimientos populares reside un consecuente y ambicioso objetivo de fondo del cual la gran mayoría de los que participan activamente no se esconde. Y éste no es otro que el aprendizaje y construcción, paso a paso, de modelos alternativos al voraz capitalismo imperante. Así lo reconoce Francesc Rota, uno de los puntales de Xaingra: “El objetivo inicial no era simplemente organizar mercados y ya está, sino tratar de extender iniciativas como ésta en busca de una alternativa real de consumo. Nuestro ideal sería que llegara un día en el que la gente se pudiera plantear trabajar menos, ganar menos, pero aprovechando al mismo tiempo todas las ventajas de la cultura del intercambio… Ahora bien, somos conscientes de que, hoy por hoy, ir más allá de esto es un propósito bastante difícil”.

Sea como sea, desde colectivos como el suyo siguen la evolución y el impacto de la crisis muy de cerca, pues están convencidos de que si la cosa todavía va a más, la gente puede empezar a plantearse más seriamente la adopción regular de alternativas de este tipo: “Si llega ese momento -añade Francesc-, lo importante será poder contar con una estructura paralela de consumo con una base sólida, y de ahí todos nuestros esfuerzos actuales”.

Por otra parte, ante la fragmentación social que promueve el actual modelo de sociedad, estos grupos también apuestan fuerte por la recuperación y difusión del espíritu colectivo; y eso explica que los mercados de intercambio se vean complementados con listas de distribución de correo electrónico con un creciente número de usuarios inscritos -a través de las cuales se envían ofertas, demandas y comunicados informativos-, webs donde se apalabran virtualmente y de manera constante nuevos intercambios, y otros proyectos como las Redes de Intercambio de Conocimientos, dónde se organizan talleres de las más diversas disciplinas con la misma filosofía del “dar y recibir en igualdad y con complicidad”. De la misma manera, otra constante muy importante para que todo este movimiento vaya ganando cada vez más fuerza es lo que se conoce como “coordinación en red”; es decir, una estrecha colaboración entre asociaciones y organizaciones afines que permite trabajar, apoyar, compartir experiencias y crecer en una misma dirección.

Voluntad e implicación

Fruto de una estrecha colaboración con Xaingra ha sido como otra iniciativa ha ido adquiriendo un gran impulso en los últimos tiempos en la zona de Sant Antoni. Bajo el nombre de “Trocantoni”, fue como la Comisión de Consumo Responsable de la Red Comunitaria del barrio -asociación que promueve diversas acciones de participación vecinal- puso en marcha su primera experiencia de intercambio a principios del año pasado coincidiendo con la fiesta mayor. Desde entonces, la acogida de este mercado, ubicado en los jardines del Alguer de la Avenida Mistral y que cada estación da el relevo al de Gracia, no ha podido ser mejor. Uno de sus inspiradores, Xavier Latorre, señala que “la gran ventaja de estos proyectos es que no dependen de recursos económicos para ir funcionando, sólo necesitan voluntad e implicación. Cualquier asociación, con el trabajo de unas pocas personas, puede organizar si se lo propone un mercado de manera más o menos regular”. Y en este sentido, no duda en señalar el trabajo en red como el principal motor para que cada vez se vayan extendiendo con éxito más y más iniciativas de este tipo.

Con mejor o peor coordinación y con más o menos recursos, el caso es que los mercados de intercambio no dejan de brotar como celebradas setas: Clot-Camp de l’Arpa, Sant Andreu, Horta-Guinardó, Sagrada Familia, Sants, Besòs, Collblanc-La Torrassa … Y ante la evidencia, a la Administración, inicialmente algo recelosa con la naturaleza autónoma de la iniciativa, no le ha quedado otra que apoyarla y hacer incluso difusión mediante la Entidad del Medio Ambiente del Área Metropolitana de Barcelona (asociación de diversos ayuntamientos que gestiona conjuntamente los desperdicios de los respectivos municipios). Ahora bien, la evidente divergencia en cuanto a objetivos de fondo, hace que los promotores de los mercados se cuiden mucho de mantener las distancias, preservando así la gestión a nivel de barrio.

Donde todo el mundo gana

Niños que quieren cambiar sus juguetes, abuelos entusiastas, parejas que quieren pasar una jornada diferente… Piezas de ropa, artículos del hogar, libros y alguna que otra rareza. Gente de todo tipo con ganas de pasarlo bien y diversidad de artículos de segunda mano cada vez mejor conservados constituyen el paisaje habitual de los mercados de intercambio, que al mismo tiempo se caracterizan también por su particular atmósfera de cordialidad. Aquí, no se piensa en términos monetarios y lo que de verdad importa son los acuerdos mutuamente beneficiosos más allá del valor real de los productos. Eso posibilita que se pueda llegar a cambiar una maleta por una tortilla de patatas, o incluso, un coche por una moto, con la sensación de que todo el mundo sale ganando.

Más información: www.intercanvis.net

Texto Daniel Gomis · Fotos Anna Carlota

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