Artículo publicado en la revista YogaWorld y Ahora Yoga sobre los primeros pasos y sensaciones en el proceso de formación como profesor de Yoga.

La intuición me mantuvo en el camino del yoga cuando estuve a punto de abandonarlo a las primeras de cambio por un exceso de exigencia. Y la misma intuición me empujó, tiempo después, a ir un paso más allá. Sentía que quería profundizar en la raíz del bienestar, sacarle aún más jugo a esa experiencia que me hacía, ahora ya sí, salir de las clases viendo la vida de un color mucho más amable. La decisión de embarcarme en un ciclo formativo para profesores surgió un día de forma inesperada, y eso que, aún hoy, habiendo concluido ya el primer año, escribo estas líneas sin tener aún del todo claro si el día de mañana querré dedicarme a dar clases.

La verdad es que ahora mismo eso poco me importa, y si tiene que venir, lo recibiré como un regalo añadido. Por encima de todo, lo que siento que brinda una formación como ésta es la oportunidad de poner el contador a cero, es decir, de reaprender la vida prescindiendo de todo aquello que se nos ha impuesto. En definitiva, de regresar a nuestra esencia, ésa que tanto brilla cuando somos niños y que luego la sociedad tanto se empeña en enterrar. En unos cuantos meses, además de redefinir la relación con mi propio cuerpo y empezar a domesticar la mente, he conseguido descubrir el verdadero significado de respirar, y de otros muchos términos injustamente desvalorizados por la cruel rutina como pueden ser observar, aceptar, madrugar, ayunar, soltar, servir, dar… Es como si un montón de certezas intangibles hayan empezado a relevar, de golpe y sin esfuerzo, a las tentaciones materiales como las verdaderas guardianas de la felicidad. Resumiendo, la experiencia vivida en este primer tramo se sustenta ya claramente en el despertar a la conciencia del aquí y el ahora; la piedra filosofal de tantas tradiciones espirituales y que comparte también el yoga.

Este renacer consciente ha traído asociada la necesidad de elegir con qué quiero y con qué no quiero ocupar mi valioso tiempo, y a su vez, una responsabilidad que ya no entiende tanto de juicios y culpas, y prefiere descansar más bien en estados de paz, serenidad y armonía. Y en el fondo, abrazándolo todo, se adivina también el poderoso latido de esa fuerza primordial cada vez más evidente: el Amor universal que todo lo puede y todo lo abarca. Aunque la honestidad me recuerde que aún queda mucho por recorrer y muchas barreras que derribar para experimentarlo en plenitud… Lo importante es saberse en el camino. Son tozudas y resistentes las barreras que llevan toda una vida en pie, pero una sola sesión de yoga posee la maravillosa capacidad de hacerlas tambalear… de ahí el gran valor que esta milenaria herramienta sustente nuestros pasos. En este primer balance, también hay un pequeño lugar para los momentos de desánimo y confusión, quizás fruto del exceso de información; mucho que uno todavía no sabe muy bien dónde ubicar o cómo aplicar… “Las fases de desorientación y resistencia son normales en todo proceso de transformación profunda”, nos dijo un día el maestro, y la verdad es que la reflexión ayuda. La fe en el camino elegido y la deslumbrante luz que se intuye en el horizonte, también.

D. G.

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