Hay un antiguo proverbio sufí que dice que la existencia siempre está ahí esperándonos, y que cuando damos el primer paso hacia ella, automáticamente ésta da mil pasos hacia nosotros. Uno de los trucos que, para transitar este camino, nos propone Osho en Tónico para el Alma es el siguiente:

Hazle sitio a la Alegría

Conocerse a uno mismo es elemental. No es difícil, no puede serlo. Para saber quién eres no necesitas aprender nada, solo tienes que desaprender algunas cosas…

La primera: tienes que desaprender que te importan las cosas.
La segunda: tienes que desaprender que te importan los pensamientos.
La tercera, se da por sí sola: eres un testigo…

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La clave es, ante todo, empezar a observar las cosas. Sentado en silencio, mira un árbol y observa. No pienses en él. No preguntes: «¿Qué tipo de árbol es?». No juzgues si es hermoso o feo. No digas «es verde» o «está seco». No crees ondas de pensamientos alrededor de eso, sólo mira el árbol.

Puedes hacer esto donde sea, observando cualquier cosa. Sólo recuerda: cuando surja un pensamiento, déjalo a un lado. Apártalo y sigue mirando lo que veías. Al principio será difícil, pero después de un tiempo empezarán a darse intervalos en los que no habrá pensamientos.

Verás que a partir de esa sencilla experiencia, surge una gran alegría. No ha pasado nada, es sólo que los pensamientos han dejado de estar ahí. El árbol está ahí, tú estás ahí y entre ambos hay espacio. El espacio no está lleno de pensamientos. De repente, hay alegría sin razón aparente, sin razón alguna.

Has aprendido el primer secreto. La alegría es un resultado de no pensar.

La alegría ya está ahí, pero reprimida por tantos pensamientos. Cuando los pensamientos desaparecen, sale a la superficie. Comienza con los objetos, con lo tosco. Después, cuando hayas entrado en sintonía y empezado a percibir momentos en que desaparecen los pensamientos y sólo están los objetos ahí, haz lo siguiente:

Cierra los ojos y observa cualquier pensamiento que surja, sin pensar en él. Si surge algún rostro en la pantalla de tu mente o se mueve una nube o cualquier otra cosa, limítate a observarla sin pensar.

Esto será un poco más difícil que lo anterior porque las cosas son toscas, pero los pensamientos son muy sutiles. Sin embargo, si ha sucedido con lo primero, te sucederá con lo segundo; sólo necesitas tiempo. Observa el pensamiento. Después de un rato, semanas, meses, años –depende del empeño y la entrega con que lo hagas- de repente, el pensamiento ya no está ahí. Estás solo. Surgirá una gran alegría, mil veces mayor que la primera que sentiste cuando el árbol estaba ahí y el pensamiento había desaparecido. ¡Mil veces! Será tan inmensa que desbordarás de alegría.

Éste es el segundo paso. Cuando esto empiece a suceder, pasa a hacer la tercera cosa: observa al observador. Ahí ya no habrá objeto. Se han desechado los objetos y los pensamientos; estás solo. Entonces, simplemente, observa al observador, sé testigo de que estás siendo testigo.

Nuevamente, será difícil en un principio porque sólo sabemos cómo observar algo: un objeto o un pensamiento. Pero incluso un pensamiento es algo que se puede observar. En ese momento no quedará nada, será el vacío absoluto. Sólo queda el observador. Tienes que volverte hacia ti.

Ésta es la llave más secreta. Simplemente, continúa estando ahí solo. Descansa en esa soledad y llegará un momento en que sucederá. Tiene que suceder. Si han sucedido las dos primeras cosas, sucederá la tercera; no te preocupes por ello. Cuando esto pase, sabrás por primera vez qué es la alegría. No es algo que te esté sucediendo y pueda irse. Eres tú, en tu ser auténtico, es tu ser verdadero. Entonces no desaparece. No hay manera de perderla. Has vuelto al hogar.

De modo que tienes que desaprender las cosas y los pensamientos. Primero observa lo tosco, después observa lo sutil y después observa lo que está más allá de lo tosco y de lo sutil.

Fuente: Luis Martín-Santos, Blog Inteligencia Emocional (lee el artículo completo)

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