Ya nos hemos acostumbrado a que las instituciones públicas “fichen” a directivos de empresas privadas para la gestión de las administraciones o para llevar a cabo reformas estructurales en nombre de la eficacia y de la eficiencia. El discurso dominante que impone el desprestigio de lo público reconoce en los gestores de las grandes corporaciones los expertos que deben iluminar el camino hacia unas administraciones públicas más eficientes a la vez que más reducidas. No es tan común que las transiciones del sector público al sector privado se den a conocer con tanta vehemencia pero también son un fenómeno habitual. Para las élites del mundo empresarial y político, lo que separa la gestión de los intereses corporativos de la gestión del interés común, son unas puertas giratorias que, a partir de ciertos niveles de responsabilidad, son extremadamente permeables…

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