En la escuela aprendieron el imperativo, ―mamá hazme naranjada, papá cómprame un juguete- y tanto chillar alcanzaron los gobiernos. Pero, pobres, no pueden mandar a sus anchas pues son títeres del poder económico. Nada tienen que legislar.

En las mejores escuelas de negocio aprendieron a sisar pero la codicia les delata todos sus trucos y torpezas.

En las clases de oratoria, con muchos años de práctica y de ensayo,  aprendieron a decir una mentira detrás de la otra. Y aunque entonan muy bien, nadie les hace mucho caso. Son actores y actrices sin público.

Sus grandes proyectos para la humanidad, parques temáticos, casinos sin fronteras o aeropuertos en cada apeadero ya no se pueden llevar a cabo. Son gestores de unas arcas vacías.

Da pena esta pobrecita clase política, tantos esfuerzos y tan pocas recompensas.

Una sociedad verdaderamente movilizada ya estaría fundando una oenege sanitaria para atenderles sus chifladuras o una oenege conservacionista para defenderles de su más que segura extinción.

(Artículo de Gustavo Duch)

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